Una marea celeste. Tanto en las calles, como en las gradas, como en el campo de juego del Kempes en esos minutos finales de furia, con un “Uvita” (Nicolás) Fernández que supo sacarle el jugo al descalabro defensivo de un River que tras la lesión de Marcos Acuña no encontró las respuestas necesarias en su propio banco, es decir en las decisiones de un Eduardo Coudet como entrenador proclive a defeccionar en horas decisivas.

Esta vez, la dosis de morbo desbordó la Cañada cordobesa. Quince años después, otra vez los hinchas del "Millonario" tendrán pesadillas con piratas y en particular con el capitán ruso de ese barco, de nombre Ricardo Zielinski. El descenso fue la peor afrenta, pero una final es una final.

Lo de Belgrano es una cosa seria (e histórica). Pudo ser el rosario que cada tanto besaba desde el otro lado de la raya de cal el ayudante Juan Carlos Olave o la intercesión del "Potro" Rodrigo desde el más allá en el día de su natalicio. Pero lo verdaderamente metafísico fue, probablemente, el hambre de títulos de Belgrano, que olió sangre y se tiró de cuerpo y alma a ser campeón, para adueñarse de una inédita corona de torneo de liga para un equipo indirectamente afiliado a la AFA.

Hizo añicos a su eterno rival Talleres, se divirtió ante el Unión de Leonardo Madelón, se aprovechó de un Argentinos de mente débil. Y Zielinski, adorado por los hinchas de Boca a esta altura, supo ubicar el lugar preciso de los variados talones de Aquiles de un River ni fu ni fa: un flanco derecho de oferta (sin Gonzalo Montiel, ni hablar), pelotas paradas, centros cruzados. Demasiados puntos flacos, por más copas que tenga en sus vitrinas.

Por segunda vez en apenas siete años, la “banda roja” se desangró sobre el epílogo de una final que parecía tener ganada. Allá y entonces fue Gabriel Barbosa (contra el Flamengo en la Libertadores) y aquí y ahora un tal Fernández, que entró con una fe envidiada por el mundo River, que lamentó la tibieza de declarante de su capitán Lucas Martínez Quarta en la previa.

Tampoco debería sorprender a nadie que un conjunto de jugadores que de alguna manera “se cargaron” la estatua de Marcelo Gallardo hace un puñado de meses (más allá de las responsabilidades del “Muñeco” en aquellos resultados oprobiosos) no pudiera sostener la ventaja en dos oportunidades. Quizá, más bien, el milagro riverplatense de por sí fuera haber alcanzado inopinadamente la final de un torneo de estos, con acceso fácil de más de un equipo apenas discreto, a caballo de una buena racha y unos playoffs dignos.

Ahora el “Chacho”, cuestionado por poner a un lesionado-infiltrado como Aníbal Moreno en una final, por haber alineado a demasiados jóvenes y por lo demorado de sus cambios (y lo controvertido del rearmado de la defensa tras la salida del “Huevo”) tendrá al menos una bala más a disposición: mercado de pases, pretemporada y crédito abierto hasta fin de año, con jugadores que llegarán y otros de ciclo agotado que se irán.

Esta vez, no hubo “San Beltrán” (aunque el arquerito Santiago Beltrán igualmente evitó dos o tres goles) y la frustración es grande por la chance perdida de sellar ya su pasaporte a la Libertadores edición 2027 y de acceder a varias estrellas más. Ya pasaron dos años y tres meses de la última, abrochada en el mismo Kempes por el equipo de Martín Demichelis en la Supercopa dirimida con Estudiantes de La Plata, el día del misil postrero de otro Rodrigo, de apellido Aliendro.

Del lado de enfrente, el estado de situación puede ser descrito como “locura”. Pronunciada la palabra tanto por “Uvita” como por el “Ruso”, todo un capo a la hora de plantear partidos y también de mover el tablero. “Fue un acto de justicia para este grupo”, disparó el entrenador. Pertenencia y mística, una alianza imbatible: hizo sentido que Belgrano se colgara su primera medalla en el pecho con tipos como Lucas Zelarayán, Franco Vázquez y Emiliano Rigoni en cancha. Y los demás, todos encaramados, desde el arquero Thiago Cardozo hasta la joya llamada Ramiro Hernandes.

Los hinchas de River presentes en Córdoba empezaron a desandar el duro camino de la derrota, una caravana difícil de soportar, entre los reclamos por algunos fallos polémicos de Yael Falcón Pérez (la mano de Lautaro Rivero cobrada a instancias del VAR, la doble amarilla no exhibida a Lucas Passerini, un posible penal sobre Juan Cruz Meza ignorado en el complemento) y las quejas por los desaguisados de su entrenador.

Porque más allá de sus números favorables globales de estos casi tres meses en el banquillo y de que sigue con vida en la Sudamericana, Coudet pareciera no haber estado a la altura de un grande como River al menos en un par de instancias clave, como lo son el Superclásico y esta final del Apertura.

Con todo, el mundo del fútbol cantará por estas horas, merecidamente, loas a la marea celeste, más alta que nunca. Un barco pirata que enfiló hacia Alberdi con la joya más preciada.